Vamos patria a caminar

Benjamín Cuéllar

El pasado lunes 30 de noviembre se presentó en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) una revista. Realmente interesante, sí; hay que decirlo de entrada. Tanto por su contenido como por algo que no suele suceder tan frecuentemente: el público presente en el auditorio era bastante  nutrido. No estaba lleno a reventar el sitio, pero la asistencia había llegado por su gusto y no por obligación. Buen punto a favor del Centro de Asuntos Estudiantiles, que es la unidad de la UCA que la produce. “La letra capciosa” se llama. Acertadamente bautizada por quienes le dieron vida, los textos incluidos en el número presentado en esta ocasión –el octavo– giraron alrededor de lo que desde siempre es en El Salvador –a veces más, a veces menos y por las razones que sean– el “pan amargo de cada día”: la violencia.

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Al hablar sobre la misma, entre tantas cosas se aborda su prevención. Y salen personas expertas de todos lados: de organizaciones intergubernamentales y entidades de distintos países que no tienen nada que ver con los gobiernos, aunque las provean de fondos; de los mismos gobiernos; de grupos de la llamada “sociedad civil”, en medio de una sociedad incivilizada; de las iglesias y las universidades… En fin, de todos lados.

Y recomiendan, asesoran, advierten, critican, predican, investigan… Prevención de la violencia –se lanzan a definir– es la obligación estatal de garantizar vidas y seguridad de las personas, al dotarlas de los recursos básicos requeridos que les permitan el disfrute de un desarrollo humano digno. Prevenir la violencia –precisan– exige políticas públicas integrales –coordinadas, no sectoriales– que con enfoques de derechos, género y equidad, ataquen con todo a los factores estructurales que la originan y a sus consecuencias inmediatas que deterioran día a día la calidad de vida de la población.

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Para avanzar en este ámbito –aterrizan las iluminadas mentes– es necesario garantizar en la sociedad seguridad cierta y efectiva, pronta y cumplida justicia, recuperación y creación de espacios públicos comunitarios y municipales, que las armas solo estén en manos autorizadas por ley… Según los sesudos análisis, habría que establecer las prioridades por sectores de población y zonas geográficas. Son indispensables los mejores recursos humanos y materiales, dicen; también la participación de la familia, la comunidad, la escuela, la empresa privada y demás. Y hablan de valores, transformación de conflictos, cultura, deporte, recreación…

“Arte, belleza, poesía… Extrañas palabras, ¿serán un conjuro?”. Esto que canta Aute, bien puede aplicarse a todo lo anterior. Porque conjuro es –por definición– la “fórmula mágica que se dice, recita o escribe para conseguir algo que se desea”; también es “ruegoencarecido”. Y es que acá en este país se desea, mucha gente y con mucha urgencia, que la violencia se reduzca a su más mínima expresión y que se den las condiciones para su permanente prevención. Tratados, estudios, propuestas, buenas intenciones y “ruegos encarecidos” al Creador, no faltan. Pero –siguiendo con Aute– “hoy cualquier cerdo es capaz de quemar el Edén por cobrar un seguro”. Cobrar el seguro pesa más que hacer realidad el conjuro.

Pero hay salida para ponerle paro a los eternos pleitos partidistas que han achicharrado, hasta ahora, el “paraíso”; ese que prometieron y se comprometieron a construir cuando firmaron, hace casi ya veinticuatro años, el Acuerdo de Chapultepec. “Alcanzamos la paz”, decían entonces. Claro que sí, pero solo para ese par de ejércitos que pasaron a ser –con la conversión política de la antigua insurgencia– dos aplanadoras electoreras que viven en pleito permanente por conseguir votos y más votos.

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No habrá nunca salida de este infierno de exclusión política, económica y social –quemante con su altísima temperatura de inseguridad, violencia y mortandad mientras sean solo cuarenta o cincuenta personas protestando contra la corrupción fuera del Centro Judicial “Isidro Menéndez”, mientras se espera la decisión del juez en el caso del expresidente Francisco Flores. No habrá nunca salida de este averno, mientras no haya una tan sola persona en la Asamblea Legislativa reclamando la elección –por fin– de la mejor persona para ocupar la titularidad en la Fiscalía General de la República.

No habrá salida mientras la gente siga creyendo que las cosas se arreglarán, con miles y miles de “no me gusta” la realidad nacional  en las “redes sociales”. Así solo se enredan e inmovilizan las necesarias luchas sociales, quedando las demandas sentidas de la población entre la politiquería barata en provecho de quienes se lucran de la misma. ¿Socialismo? ¿Capitalismo? Esos dos “conceptos” añejos y trasnochados quedaron atrás. Hoy, la bandera que enarbolan es la del “cinismo”. Por eso, ser revolucionario ahora es sinónimo de ser decente, de hacer el bien y de luchar por la justicia integral; ser contrarrevolucionario ahora es ser indecente, hacer maldades y asegurar su impunidad.

El 18 de febrero de 1979, en tiempos terribles como los actuales, el beato Romero –tan necesario hoy, dentro y fuera del clero– proclamaba esperanza. “Muchas veces –afirmó entonces desde su púlpito en su catedral– me lo han preguntado […]: ¿Qué podemos hacer? ¿No hay salida para la situación de El Salvador? Y yo, lleno de esperanza y de fe, no solo una fe divina sino una fe humana, creyendo también en los hombres, digo: sí hay salida; pero, ¡que no se cierren esas salidas! ¿Cuáles son esas salidas? […] Ustedes, los cristianos políticos; ustedes, los que tienen capitales y son cristianos; ustedes: los sociólogos, los técnicos, los profesionales… Ustedes tienen la llave de la solución. […] La Iglesia les da lo que no pueden tener ustedes: la esperanza, el optimismo para luchar, la alegría de saber que hay solución, de que Dios es nuestro Padre y nos va impulsado”.

“Porque así como para curar al paralítico –continuó predicando el obispo mártir– necesitó hombres que lo subieran al techo y lo pusieran frente a Cristo, también Cristo y Dios podrán hacer, ellos solos, la salvación de nuestro pueblo. Pero quieren, también, tener camilleros; hombres que le ayuden a llevar a este paralítico que aquí se llama la república, la sociedad, para que lo pongamos con manos de hombre, con soluciones de hombre, con pensamientos de hombre, frente a Cristo que es el único que puede decir: ‘He visto tu fe, levántate y camina’. Y yo creo que, nuestro pueblo, ¡se levantará y caminará!”.

Sí, monseñor, caminará cuando pase de la indignación individual y casera en Internet, a la acción general y certera en las calles. Ya lo anunció el gran poeta chapín, Otto René Castillo, “vamos patria a caminar, yo te acompaño”.

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